Arqueología de mis descubrimientos mutantes
Isis la diosa madre, controladora del destino y parte de la trinidad egipcia fue uno de los motivos que me invitaron a un paseo por la Ciudad de México. El otro fue la tentadora presencia de Remedios Varo y sus cinco llaves en el Museo de Arte Moderno. Así, revisé la cuenta de banco y emprendí el viaje hará cosa de un mes. En compañía de Carla,mi amiga-maestra-cómplice-inmortal en sus ratos libres, tomé una mañana sabatina el autobús que nos depositó en el metro Observatorio, para de ahí aventurarnos en el metro hacia Chapultepec.
El bosque nos recibió con los participantes de la marcha ciclista desnuda listos para emprender su carrera de libertad. Así que con un ojo al gato y otro al camino (para no tropezar, claro) atravesamos la puerta de los leones; a lo lejos, el Castillo saludaba a la ciudad y a los paseantes tempraneros.
El camino nos llevó a Reforma y a la exposición al aire libre del trabajo escultórico de Leonora Carrington (casi al lado de su amiga Remedios), para depositarnos ante el Tlaloc monumental que nos conduciría a las tierras ignotas de Isis y la serpiente emplumada. Admirar el minucioso arte egipcio, con los colores y detalles que ponen en las representaciones de personas, para después sentir lo denso y ligero de las serpientes emplumadas enroscadas hacia el centro de sí mismas, me dejó con un sentimiento de humildad y de admiración hacia quienes hace cientos o miles de años tallaron la roca y pasaron horas y horas para afinar la pluma, el rasgo del ojo, el dejo de tristeza o de soberbia que contempla a las miles de almas que los ven con cierta actitud reverencial.
Dos horas después, regresamos hacia el bosque para adentrarnos en el Museo de Arte Moderno y a los misterios que envuelven la obra de Remedios Varo. Aquí me detengo.
Después de tres respiraciones, continuo. La obra de esta pintora me emociona y conmueve, logra que alcance estados que en los trabajos místicos se llama Presencia, y siento un hilo invisible que me ata con ella, pues desde pequeña -según me cuenta mi madre- su obra me ha atraído. Así que de obra en obra, de breves momentos intensos a otros, caminé como ensoñada por la exposición, para descubrir detalles en obras que ya había visto, emocionarme hasta las lágrimas ante símbolos como un eneagrama recién descubierto y sorprenderme ante la obviedad de conceptos que ahora conozco y que la mirada observadora de Teresa de Arc (la curadora de la exposición) me devela. Todo iba dentro de lo esperado, hasta que Carla me llamó ante la Mujer libélula que acompaña estas letras, pues según mi amiga, me halló; no hada, no mujer, no escritora o madre, sólo ser mutante con alas cuasi-invisibles, lista para volar.

Por fin estoy de vacaciones y con ayuda de mis papás, tengo una linda iBook que me ha hecho batallar buena parte de la tarde, pero a estas horas parece que ya quedó.
